AMSTERDAM

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Hazel&Gus

viernes, 13 de junio de 2014

Todo el mundo debería tener amor verdadero, y debería durar como mínimo toda la vida. 

Al final decidí que la mejor estrategia era mirarlo yo a él. Al fin y al cabo, los chicos no tienen el monopolio de las miradas. 


«Sin dolor, ¿cómo conoceríamos el placer?»



Estoy en una montaña rusa que no hace más que subir, 


«El hogar está donde está el corazón»



«Es difícil encontrar buenos amigos, e imposible olvidarlos»


«El amor verdadero nace de los tiempos difíciles»


«La familia es para siempre»


—Estoy enamorado de ti, y no me apetece privarme del sencillo placer de decir la verdad. Estoy enamorado de ti y sé que el amor es solo un grito en el vacío, que es inevitable el olvido, que estamos todos condenados y que llegará el día en que todos nuestros esfuerzos volverán al polvo. Y sé que el sol engullirá la única tierra que vamos a tener, y estoy enamorado de ti.



En los días más oscuros el Señor te pone en el camino a las mejores personas.


Algunas veces lees un libro, sientes un extraño afán evangelizador y estás convencido de que este desastrado mundo no se recuperará hasta que todos los seres humanos lo lean. 


Todos aquellos pensamientos eran momentos perdidos en una vida que, por definición, está formada por una cantidad finita de momentos. 


Se contaron peleas, batallas ganadas en guerras que sin duda se perderían. Se aferraban a la esperanza. 



—Llegará un día en que todos nosotros estaremos muertos —dije—. Todos nosotros. Llegará un día en que no quedará un ser humano que recuerde que alguna vez existió alguien o que alguna vez nuestra especie hizo algo. No quedará nadie que recuerde a Aristóteles o a Cleopatra, por no hablar de vosotros. Todo lo que hemos hecho, construido, escrito, pensado y descubierto será olvidado, y todo esto —continué, señalando a mi alrededor— habrá existido para nada. Quizá ese día llegue pronto o quizá tarde millones de años, pero, aunque sobrevivamos al desmoronamiento del sol, no sobreviviremos para siempre. 



—Tienes que verla. V de vendetta, digo.
—Vale —le contesté—. La buscaré.
—No. Conmigo. En mi casa —me dijo—. Ahora.



la alegría que nos das es mucho mayor que la tristeza que sentimos por tu enfermedad. 



—Los cigarrillos no te matan si no los enciendes —me dijo mientras mi madre se acercaba al bordillo—. Y nunca he encendido ninguno. Mira, es una metáfora: te colocas el arma asesina entre los dientes, pero no le concedes el poder de matarte. 

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